madre_biog    En una casona de la calle Rioja 771, en el tradicional barrio de Once de la hoy Ciudad Autónoma de Buenos Aires, funcionó el templo más visitado por los fieles de la Madre María. Había sido su casa, el hogar donde pasó la vida con su marido hasta la muerte de éste, que le fuera anunciada por Pancho Sierra, “El Curador del Agua Fría”. Esta mujer, a la que muchos han llamado la Dama del Manto Negro, fue fiel seguidora de Pancho Sierra, también conocido como El Gaucho de Dios. María Salomé Loredo y Otaola nació en la provincia de Vizcaya, en una aldea llamada Zubiete, España. De niña emigró a la Argentina y llegó con su familia a Buenos Aires en 1869, y se instalaron en la localidad de Saladillo. Había nacido el 22 de octubre de 1855. Cuenta la leyenda que en la noche en que naciera María fue de terrible tormenta y ventosa; pero al nacer la niña de inmediato dejó de llover. La Madre María se casó dos veces. Su primer matrimonio – del año 1874 – con un importante estanciero de nombre José Antonio Demaría, matrimonio del que resultó – a los dos años de casada – un hijo al que desgraciadamente perdieron a los seis meses de nacido, como consecuencia de una enfermedad. Su primer esposo se dedicaba por completo a la política; hombre destacado y de posición económica elevada. Pero, María, debe soportar un nuevo dolor ya que su esposo fallece de una afección cardiaca. A partir de ese momento sólo se la ve en algunas reuniones dedicadas a la asistencia social y en los oficios religiosos los días domingos.

Recién en 1880 María Loredo conoce a su segundo esposo, Aniceto Subiza, destacado comerciante de la localidad de Saladillo. Pasados 10 años de matrimonio y, si bien su posición económica es más que considerable, no ocurre lo mismo con el resto del país ya que una crisis política y social produce un caos generalizado. En esta ocasión, María vuelve su mirada hacia los menos favorecidos, visita hospitales, zonas marginadas, conventillos, distribuye ropa y alimentos, conversa con cada uno de ellos y vuelve a surgir su figura como la de una mujer que va camino a ser considerada, después de mucho tiempo y por muchos fieles, como unaverdadera santa. Sin embargo, un hecho de enorme importancia, ha de marcar su historia y la consagrará como la “Madre María”, protectora de pobres y enfermos. Esta Dama del Manto Negro que sale a recorrer los conventillos, hospitales y casas alejadas de la ciudad, intenta aliviar el dolor de sus hijos espirituales. Luego de haber pasado un tiempo de la crisis Argentina (1890) María Loredo fue diagnosticada con un tumor maligno de pecho, dándole pocas esperanzas de vida. A partir de aquel momento, si bien era atendida por los mejores médicos de la ciudad, su tristeza era infinita y pasaba largas horas en el jardín de la casa. Un buen día, estando María en el jardín, su criada llegó a contarle que había escuchado hablar a un amigo de don Aniceto (esposo de María) acerca de un hombre al que llamaban El Gaucho de Dios. Este hombre vivía en Pergamino – provincia de Buenos Aires – y en su estancia El Porvenir recibía a miles de fieles que curaba con agua de su aljibe. María Loredo fue a visitar a Pancho Sierra y al llegar le ofreció asiento y le preguntó:  ¿por qué no ha sido acompañada por su esposo?. María le respondió que su esposo debía atender importantes negocios e inmediatamente Sierra le dijo: ¿y si se te muere?. La mujer, que estaba enterada acerca de todas las dotes de Francisco Sierra le respondió: “Usted me lo cuidará”. El, en voz muy baja, le dio a entender que su marido no viviría demasiado y, efectivamente, el esposo de María Subiza falleció al año siguiente. Sierra llenó un vaso con  agua del aljibe y con la oración que entregaba a todos los enfermos, miró a la mujer y le recomendó rezar una oración.  Le aconsejó sobre la alimentación y le enseñó ejercicios de respiración que ayudarían a curar su enfermedad y aliviar las molestias, en el año 1891 María se había recuperado completamente.

images (1)El Gaucho de Dios, poseedor de dotes de clarividencia, conocía los hechos más importantes de la vida de María Loredo, pues sin haberle mencionado la muerte de su único hijo, Sierra la miró y le dijo: “No tendrás más hijos de tu carne, pero tendrás miles de hijos espirituales”. A partir de aquel encuentro María no pudo dejar de pensar en lo que Sierra le había dicho, después de un largo tiempo de ayuda a sus hijos, decidió convertir en templo su casa de la calle Rioja y comenzó a predicar las palabras que Jesús predicara en el Evangelio.

Los testimonios de 1892 afirman que estando María en su casa de la calle La Rioja rezando y meditando llegó a inclinarse de rodillas y permaneció durante veinticuatro horas en la misma posición. En un momento levantó su mirada al cielo y se hizo la señal de la cruz sobre el pecho y después de salir de aquel trance dijo en voz alta: “Ya nada ni nadie me puede detener. Jesús me transmitió lo que debo hacer. Debo darme a mi misión”.
Su enorme comedor fue usado como templo y allí recibía a miles de fieles que acudían a escuchar sus consejos y a ser curados también. Siempre insistió en que no era ella quien curaba, sino la mano de Dios.
En una ocasión un hecho fue relatado por muchos fieles, pues habiendo nacido muerto el hijo de su sobrino, el señor Natale, la Madre se acercó al bebé y le colocó una de sus manos sobre la cabeza. Al instante comenzó a rezar y luego de algunos minutos el bebé empezó a llorar. Esta y muchos otras curaciones han seguido sucediendo hasta la actualidad, pero lo importante es destacar su carisma, paciencia, su voz suave que daba seguridad sus visitas y su enorme fe en Dios. Fue visitada por altos funcionarios, personalidades del arte, del deporte y entre ellos contaba con la visita constante de Hipólito Yrigoyen.
Pasado un tiempo se trasladó a una casita en Villa Turdera (Temperley, provincia de Buenos Aires) en donde llegó a recibir a miles y miles de seguidores de su doctrina. Treinta y cinco años dedicó su vida a sus hermanos y recién el 2 de octubre de 1928 fueron escuchadas sus últimas palabras: “Humildad, Perdón y Caridad”. Sus restos fueron trasladados al cementerio del barrio de Chacarita de esta Capital, en donde centenares de personas despidieron a esta piadosa mujer llamada por sus hijos la Madre María. Su doctrina se convirtió en culto bajo el nombre Religión Cristiana por la Madre María, funcionando actualmente con muchos devotos del país y del vecino país de Uruguay.


Todos los 22 de octubre (nacimiento) y 2 de octubre (fallecimiento) el cementerio del Barrio de Chacarita – donde se encuentran sus restos en una sólida bóveda – es visitado por miles de seguidores, que fieles a la tradición que dice que quien arroja flores a la escultura que representa a la Madre María, si éstas llegan a caer en sus manos, el devoto será favorecido en su ruego.

Hay pruebas de que aquel 2 de octubre de 1928, mientras era velada, un hombre silencioso, de andar seguro pero pausado, llegó hasta el féretro, puso su mano sobre las de quien en vida fuera conocida como la Madre María, bajó sus párpados por un momento y sin que ninguno de los presentes se atreviera a acercarse, y menos dirigirle la palabra en tan particular instante, se retiró en la misma soledad y andar con que había hecho su entrada. Era Don Hipólito Irigoyen, el Presidente de la República Argentina.

NOTA: El Dr. Antonio LAS HERAS tiene en preparación una biografía sobre la
Madre María que será publicada en el 2016