Una investigación del Prof. Dr. Antonio Las Heras

Aquí se encuentran los vestigios de antiguos alquimistas que desarrollaron sus prácticas siglos antes del nacimiento de Jesús. Las pruebas están a la vista: en lo alto del cerro todavía pueden verse los morteros tallados en la piedra misma – dispuestos remedando posiciones astronómicas – en los que se mezclaban las sustancias para concretar la transmutación de similar manera en que lo hicieron los pueblos de Oriente así como de manera más reciente los europeos.

La Ciencia oficial no habla de esto, ni siquiera lo sugiere. Se limita a señalar que dichos morteros fueron utilizados – siempre – para moler grano y convertirlo en alimento. Demasiado simple, ¿cierto? Además, ¿cómo explicar la numerosa presencia de éstos en la cúspide de la montaña? ¿Acaso ganas de hacer el esfuerzo para transportar el grano hasta arriba cuando podía molerse a los pies de la montaña? Y cabe agregar que en el faldeo también hay numerosas de estas piezas que mantienen disposiciones y cantidades simbólicas.

La Ciencia académica – la “políticamente correcta” – admite que los creadores de esta fortaleza sagrada tuvieron una cultura desarrollada y que, además, dominaban la metalurgia. “Herreros y alquimistas”, título de un texto de Mircea Eliade viene a nuestra memoria.

La promoción turística tanto como los escritos académicos se refieren al lugar como “las ruinas sagradas de los indios Quilmes.” Nosotros preferimos comenzar usando una designación que entendemos más exacta “ciudad sagrada.” Alcanza con ver el lugar desde medio kilómetro de distancia para advertir que – con el trabajo realizado por los expertos – mal puede hablarse de “ruinas”; allí están las paredes de esa ciudad que albergó a un pueblo originario – los Quilmes – reconocidos como feroces e inteligentes guerreros a quienes los colonizadores no podían vencer. No es para menos. Este lugar es un Masada, sólo que de mucho menos superficie. Allá, desde la altura del cerro, podían ver acercarse a cualquier enemigo a kilómetros de distancia. Vertientes que aún hoy llevan agua a los alrededores les permitían resistir por largo tiempo. Tras vencerlos en 1667 y no siendo posible someterlos, los españoles decidieron llevar a los 2.600 sobrevivientes hasta lo que hoy se conoce como Quilmes en recuerdo a la “Misión de Santa María de Quilmes”, se halla a unos 35 km. de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.  Los obligaron a caminar mil kilómetros casi sin alimentos lo que provocó que apenas unos 400 llegaran a destino para morir en su mayoría sobre todo por afectarles el clima y la falta de maíz y algarrobo que constituían sus principales comidas. Unos 3.400 más habían muerto durante las contiendas. Es decir, que los Quilmes a mediados del Siglo XVII sumaban alrededor de 6.000 almas.

La ciudadela construida magníficamente desde la base del cerro – conocido como Alto del Rey – hasta su cúspide, se halla en la noroeste de la provincia de Tucumán, en los Valles Calchaquíes. Se trata del mayor asentamiento precolombino de la Argentina, cubriendo alrededor de 30 hectáreas y situado a 1.978 metros sobre el nivel del mar.

En la cima del cerro hay lo que se conoce como pucará; o sea, una fortificación militar que permite una eficaz defensa del lugar. El resto del espacio está constituido por corrales, sitios de almacenamiento de granos y viviendas. De acuerdo a los estudios realizados las primeras construcciones datan del siglo VIII antes de Jesús. Si bien hoy es una zona inhóspita lo más semejante a un desierto alejado todavía de otras poblaciones, los lugareños nos han informado que sus abuelos les manifestaron que hasta no más de medio siglo en la región llovía de manera frecuente entre marzo y octubre; lo que torna a esas tierras fértiles y aptas para la agricultura.

Los científicos reconocen que los Quilmes vivían con un elevado nivel de organización política, social y económica tanto como avanzados conocimientos en arquitectura. También hay acuerdo en que los kilmes – para escribirlo en una grafía que parece más adecuada – eran de etnia diaguita, tenían un avanzado grado de civilización; dominaban el tejido, la cerámica y la metalurgia. Esto último nos parece particularmente clave.

A partir de 1430 quedaron incorporados al Imperio Inca

En lo concerniente a lo arqueológico el lugar fue descubierto recién en 1897 por el célebre Juan Bautista Ambrosetti. Por esos días surge una primera rareza. Manuel B. Zabaleta, menciona contar en el museo que llevaba su nombre con “más de doscientas puntas de flecha, unos trescientos ídolos de barro y caños de barro [sic]”.  ¿A qué se refiere con “caños de barro”? ¿Acaso elementos para el transporte de agua dentro de la ciudad? Como fuere ya evidencia indicios de una cultura desarrollada. A más, la cantidad de 300 ídolos implica un número muy significativo para sólo una ciudad. Sólo pensar en que haya rescatado esa cantidad lleva a imaginar que el número existente ha de haber sido mucho mayor. Lo que fundamenta la denominación de “sagrado” para el lugar.

En 1919, Rodolfo Schreiter (muy vinculado con el célebre antropólogo Alfred Metraux) realiza otro hallazgo peculiar como lo fue el descubrimiento de cementerios de niños enterrados en urnas funerarias dentro mismo del ámbito de la ciudad.

Éstos y otros hallazgos han llevado ya a que las “ruinas” sean conocidas con el agregado de “sagradas.” Empero, a nuestro juicio, hay mucho más para ello. Este lugar fortificado, protegido específicamente por el pucará, fue un lugar consagrado a prácticas alquímicas donde quienes las ejercían también persiguieron la finalidad de transmutar los metales tanto como a su propia persona.